Hacia el corazón de San Lorenzo por George Lovell

Al salir de la residencia de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, un centro del CSIC que es mi casa en Sevilla, atravieso su pórtico y bajo las escaleras hacia el jardín. Los rosales florecen bajo altas y majestuosas palmeras. Rafael, un conserje jubilado, me mostró una vez una fotografía de cuando él comenzó a trabajar allí. Más muchacho que hombre, se le ve de pie entre las palmeras que le sobrepasaban en altura por poco. Ahora se elevan hacia el cielo, alzándose por encima del edificio y de la iglesia adyacente. Los nueve pilares de mármol que separan el jardín de la calle Alfonso XII estaban antes unidos por gruesas cadenas de hierro sobre las cuales se columpiaban los niños antes de ser reprendidos por algún adulto. Cuando salgo a la calle tomo hacia la derecha y giro otra vez a la derecha en la esquina donde empieza la calle Santa Vicenta María, llamada así en honor a la fundadora de una orden de monjas que tiene allí un colegio. Tres estrechas calles y la orilla de una plaza me llevan, en línea casi recta, al corazón de San Lorenzo.

Primero paso por la Peluquería de Eladio, un salón donde Manolo, mi barbero en Sevilla, garabatea en un pedazo de papel la cita que acordamos, un sábado de cada uno de los cuatro meses de invierno que estoy aquí, registrándola como “Operación Menos Feo”. Se refiere a mí como “El Guiri”. “No puedo hacer que te veas guapo” dice Manolo, “pero puedo hacer que te veas menos feo, mucho menos feo”. No hay milagros, ni siquiera en esta calle santa.

Un poco más adelante se encuentra el Bar Granado, cuyas puertas oigo abrir por Oscar por la mañana temprano. Saludo a Oscar cuando lo veo al cerrar el negocio, dieciocho horas más tarde. Después, al otro lado de la calle, viene el Bar Martínez cuyo dueño, Pepe, se refiere a mí como “Jordi”. Su hija, Paula, una jovencita de nueve años que crece demasiado rápido, come más jamón serrano del que su padre puede vender. Mientras estoy en mi cuarto, trabajando, alcanzo a oír la flauta del hombre que llega en su bicicleta para afilar cuchillos: tres clientes tan cercanos entre sí constituyen para él un lugar estratégico. Los chicos juegan en un callejón mientras sus padres y abuelos se sientan a disfrutar del sol, charlando sobre asuntos de familia o leyendo el periódico. Eugenio, del bar Los Niños de Flor, me ha apodado “Steven” -- debido, según afirma, a mi gran parecido con Steven Seagal, su afamado héroe de las películas de acción. Simplemente como “Lovell” me conocen Eduardo y Luis, cuya librería, Céfiro, tiene una ventana que da a la calle Santa Vicenta María y otra (esto seguramente sólo pasa en Sevilla) que da a una calle llamada Virgen de los Buenos Libros. He visto algunos de mis libros exhibidos en el escaparate de Céfiro que da sobre la calle de la Virgen, pero no en el que da sobre la de Santa Vicenta María. Eugenio está siempre atento y presto a informarme de la aparición de cualquier novedad.

Cruzando la calle Virgen de los Buenos Libros entro en la calle San Juan de Ávila. El Colegio Sagrado Corazón, conocido popularmente en Sevilla como “el colegio de las Esclavas”, queda a la izquierda. Veo a Mónica en el kiosco al que los alumnos del colegio se acercan para comprar golosinas y refrescos. Mónica es hija de Marina, la señora que atiende a los visitantes en la residencia donde me hospedo. “¡Hola!”, dice en voz alta y da un brinco para saludarme con una sonrisa gloriosa. A veces las ventanas de las aulas del colegio Sagrado Corazón están entreabiertas, permitiéndome echar una mirada al interior y escuchar a escondidas la lección que está siendo impartida. Escucho a alguna maestra formular una pregunta; sus estudiantes corean al unísono la respuesta.

A la derecha, detrás de los vehículos estacionados con ajustada precisión y vigilados (otra vez algo que sólo pasa en Sevilla) por un “guardacoches” llamado Ángel, está la antigua comisaría de policía, un ya casi desmoronado edificio que ocupa más de media manzana. El estado de ruinas del lado que da hacia la Plaza de la Concordia ha sido cubierto con una lona impermeable sobre la cual se dibujan unas líneas de un texto de Manuel Chaves Nogales (1897-1944) que encomian los placeres de la vida urbana en una ciudad tan bella y encantada como Sevilla:

Estudiáis esa plaza, esa calle, esa casa y no tardáis en encontrar otra razón espiritual de su existencia; os entregáis a esta última impresión y vais desmenuzándola, cuando una nueva sorpresa anula la anterior. Por eso se ha llamado a Sevilla la ciudad misteriosa e indefinible.

Ningún grafiti poético adorna la fachada de la comisaría de policía que da sobre la calle San Juan de Ávila, donde la acera ha sido acordonada para prevenir que los peatones salgan lastimados por algún escombro que llegara a desprenderse. Junto al siniestro armatoste, un grupo de indigentes busca refugio en la entrada de un edificio de apartamentos. Un cartelito en la puerta sirve de recordatorio para aquéllos que sí tienen un techo sobre sus cabezas: “Por favor: Cierren la puerta”. Cuando por la noche se riega la calle San Juan de Ávila, los barrenderos evitan apuntar sus mangueras hacia el improvisado refugio. Sin embargo, sus cajas de cartón y cubiertas de plástico son desmanteladas de cuando en cuando por las autoridades municipales.

La Plaza de la Gavidia es un lugar animado y acogedor, amplio y bien ventilado al que desemboca el estrecho pasaje de San Juan de Ávila. Ahí Susana y Tomás regentan el Café Bar Vintage. Para los momentos de tranquilidad, muy pocos por cierto, Susana siempre tiene una novela a mano. Observo que está leyendo Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, y le digo bromeando que el chispeante título del libro definitivamente no se puede aplicar a su lectora.

“Sus ideas políticas –las de Vargas Llosa– no me gustan nada”, comento.

“A mí tampoco”, responde Susana, “pero es un buen escritor”.

Después de tomar algo dejo una pequeña propina, que Tomás me agradece antes de arrojarla al interior de una jarra. El “bote” generalmente es vaciado y su contenido repartido cuatro veces al año, en Navidad, en Semana Santa, durante la Feria y antes de las vacaciones de verano. Cuando se aproxima la Semana Santa el “bote” es calificado como “Para la Mantilla y el Costal”, algo reverencial aunque un poco, sospecho, irónico. No puedo imaginar a Susana, una atractiva pelirroja, cubriendo sus rizos con una mantilla, o a Tomás protegiendo su cuello con un costal para soportar el peso de un “paso” con las imágenes de Jesús, su Madre, soldados romanos o angustiados discípulos, junto con otros costaleros menos fornidos.

En esquinas opuestas se encuentran los bares Amarillo Albero y Dos de Mayo. En el primero el jueves es el día libre de Antonio. Uno de sus compañeros camareros, Federico, asegura que un día libre para Antonio también es un día libre para los otros que se quedan trabajando. Paco y el personal del Dos de Mayo hacen turnos para escapar por un momento del caos habitual y van a fumar y a tomarse un trago a un establecimiento cercano menos abarrotado.

Sevilla Musical marca el inicio de la calle Cardenal Spínola. Guitarras de todo tipo son su especialidad, pero la tienda también maneja clarinetes, trompetas, tambores y decenas de otros instrumentos, además de sofisticados sistemas de sonido. En Milián Cuero’s “Diseños en Piel”, Manuel comerciaba artículos de cuero, desde bolsos y carteras hasta chaquetas y abrigos. Veterano “rockero” procedente de Valencia –su querida guitarra hecha a mano, eléctrica a la Hendrix, era la característica más llamativa de su oficina–, Manuel fue un hábil sastre, un artista consumado en hacer remiendos invisibles. Su prematura muerte ha privado a la vecindad de uno de sus personajes más animados, cuyas opiniones y peculiar sentido del humor perderemos para siempre.

Un acordeonista toca en la puerta de Santa Rosalía, un convento cuya santa patrona está calificada en una placa como “Abogada de los enfermos”. Confinadas en su interior, las hermanas capuchinas “hacen pestiños, rosquitos y pastas caseras”, según reza un letrero pegado en la puerta del convento. Sus cualidades artesanas son igualadas por las de la familia de Francisco J. García, el último de tres generaciones dedicadas a la elaboración y reparación de “asientos de rejilla, enea, y cordelillo en sillas, sillones y toda clase de muebles”. Mucho más utilitario es un almacén situado varias puertas más adelante, un negocio abierto por comerciantes recién llegados de China en el que venden todo lo imaginable. Si en sus estantes no tienen lo que usted busca, pueden conseguírselo y tenerlo listo a primera hora del día siguiente. En esta coyuntura de la calle se vislumbra una torre mudéjar que desde hace tiempo forma parte de un templo. El reloj situado en su parte alta es visible hasta la llegada de la primavera, cuando las ramas de los árboles revientan en un verde esplendoroso y sus hojas ocultan desde esta perspectiva la marcha del tiempo.

La Plaza de San Lorenzo es el corazón espiritual y social del barrio. En la iglesia de El Gran Poder, cuya puerta se encuentra en una esquina y no en un lugar central de la plaza, la imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder es una de las más veneradas de la católica Sevilla. Miles de fieles rinden homenaje al Gran Poder elevándole sus oraciones o pasando en fila ante su imagen que preside el único altar del templo. Tallado por Juan de Mesa (1583-1627), cuya excelencia está conmemorada por una escultura de bronce en el centro de la plaza, el Gran Poder preside en un descollante espacio circular, cuya cúpula se asemeja a un platillo volador. Las Estaciones del Vía Crucis están representadas, en el sentido contrario a las manecillas del reloj desde la perspectiva del Salvador, en una serie de pinturas realizadas por Antonio Agudo, un artista sevillano que resulta ser el esposo de una colega mía. Antonio, cuyo curriculum vitae también incluye un retrato del rey Juan Carlos, se sintió honrado al recibir este encargo y especialmente entusiasmado por el desafío que suponía realizar una obra que satisficiera los gustos tradicionales de la ciudad, pero sin comprometer sus propios principios estéticos.

Decidió que sus modelos en la vida real serían su esposa y su hijo. La secuencia cumple, según la necesidad lo requiere, con representar los últimos días de Cristo, pintada por Antonio con asombrosa economía e impacto. Sus cuadros siempre me parecen desconcertantes ya que su esposa, Pilar, aparece como María y su hijo, Alejandro, profesor de antropología en una universidad mexicana, como el Cristo. La escena donde los clavos están siendo martillados es la más poderosa de los catorce cuadros: el acto de la crucifixión es enfocado horizontalmente a ras de suelo, desde un ángulo inusual, antes de que la cruz y su víctima sean levantados para alcanzar una posición vertical. Durante la Semana Santa el culto del Gran Poder culmina en la madrugada del Viernes Santo, cuando sacan a Jesús de la iglesia y lo llevan en un recorrido por las calles de San Lorenzo en una procesión de nazarenos a la luz de las velas, hasta a la catedral de la ciudad y de nuevo de regreso al templo. Una multitud abarrota la plaza, y los balcones de las viviendas situadas en tres de sus lados están atestados de gente que observa en absoluto silencio el paso de la cofradía mientras alguien desde el suelo canta una saeta.

Si bien este espectáculo es sin duda alguna impresionante, prefiero la plaza cuando es menos solemne y no está abarrotada, sólo frecuentada por los lugareños afanados en sus rutinas diarias. Desayunar en El Sardinero sentado en una de las mesas colocadas en la plaza ofrece una buena oportunidad para observar la vida. Javier, un camarero a quien he seguido la pista por Sevilla de bar en bar, me suplica que vaya a ver el partido de fútbol que juega el Sevilla F.C., para que ya no me torture más siendo aficionado del Real Betis Balompié. Romero y su esposa Inmaculada pasan con su pequeña hija, Reyes, rumbo a la casa de la madre de Romero, a quien relevó en sus responsabilidades en la administración de un quiosco de periódicos. José Luis se detiene para encender un cigarrillo mientras lleva a su perro, Blackie, a su paseo matutino, aprovechando sus encuentros conmigo para practicar su inglés. Juan Antonio me cuenta sobre un concierto que no debo perderme. Elías, un profesor de antropología, me explica una u otra costumbre que me desconcierta y me invita a almorzar con él y su esposa Lucía. “Está preparando cocido andaluz. ¡No te lo puedes perder!” No lo hago.

Me detengo para recoger mi ropa en el Centro de Limpieza González. Inés está trabajando duro, planchando un vestido de flamenca para una vecina que va a usarlo durante la Feria.

“Sonia”, grita sobre una ráfaga de vapor. “Jorge acaba de llegar. Saca su bolsa de ropa”. Es Teresa sin embargo quien surge con mi ropa de la parte trasera del local. Me asegura que, a diferencia de lo que solía ocurrir cuando Eva trabajaba ahí, no falta ningún calcetín y todos tienen su pareja correspondiente.

La jornada termina, como sucede en muchas ocasiones, con el almuerzo en el Bar Eslava, un sitio popular donde sirven tapas deliciosas. Dos tableros, uno en cada extremo de la pared del bar en forma de embudo, muestran las tapas del día escritas, de la primera a la última, con un lenguaje que hace la boca agua. Sixto, el orgulloso propietario del establecimiento, me señala una placa expuesta en medio de la estantería situada detrás de la barra en la que se deja constancia de que el Bar Eslava obtuvo el premio a la mejor tapa en un concurso hostelero celebrado recientemente en la ciudad. “Pero quiero que pruebes otra cosa hoy, George, y que lo disfrutes de la manera que mi abuela solía hacerlo”.

Sixto desaparece en la cocina de donde surge unos minutos después. Coloca un tazón de gazpacho sobre el mostrador, junto con un plato de sardinas fritas. Sixto se inclina hacia mí con una sonrisa en su rostro. Yo también me inclino hacia él. “Lo que tienes que hacer”, susurra, “es quitar las espinas a las sardinas, colocarlas en el gazpacho de una en una, revolverlas mientras las cortas en trozos, y luego come”. Sale corriendo para atender a otro cliente dejándome seguir sus instrucciones, para curiosidad de la pareja ubicada a mi lado. El resultado es exquisito, especialmente cuando se acompaña con una copa de manzanilla enfriada a la perfección.

Al igual que su comida gourmet que sirve en el pequeño restaurante situado al lado, el Bar Eslava es el deleite del minimalista, un alivio después del ambiente y decorado de la mayoría de sus competidores de la ciudad, lúgubre si no categóricamente desesperado, con interiores iluminados en demasía y atiborrados con objetos religiosos o de toreo. Un espejo rectangular, estrecho y elegante, es todo lo que cuelga de una pared del Bar Eslava; en otra hay un antiguo reloj, cuyas manecillas están fijas en las doce en punto, o del medio día o de la media noche. Pausa para la reflexión.

¿Qué tiene este lugar que lo hace tan especial? La comida, por supuesto, es espectacular, y a un precio muy razonable, lo que explica que el Bar Eslava esté siempre lleno, rebosante de gente día y noche. Sin embargo, incluso en medio del caos y las apreturas, y gracias al ojo atento de uno de los empleados de Sixto, me las arreglo para encontrar un lugar donde ubicarme y disfrutar, agazapado en una esquina, de la escena que se desarrolla mi alrededor. Su inimitable personal, cuidadosamente seleccionado, es experto no sólo en el arte de servir las bebidas y en poner algo de comer, sino también en las relaciones humanas; profesionales en saber cómo tratar con el público y hacer que todo el mundo se sienta a gusto, relajado, reconocido, y apreciado. Su actitud amistosa prevalece sobre la presión del trabajo y desarrollan su labor con una gracia de la que todos podríamos aprender. Aunque parezca mentira, aquí, en medio de alboroto y ruido, me siento tranquilo y sereno, pensando en mis cosas.

El tiempo no se detiene, ni aquí ni en cualquier otro lugar, pero la forma en que transcurre en Sevilla no se compara con ningún otro sitio que conozco.

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